
Ultimísimo tramo de la recta final de Follies en el Teatro Español. Dos únicas funciones para llegar a la gran (y doble) despedida. La última representación del musical, que se celebrará el próximo sábado, será el punto culminante, definitivo y definitorio, de la era de Mario Gas como máximo responsable artístico de las cuatro salas en las que se enmarca la sede cultural. Nadie dudaba del talento de los nombres que acreditan el espectáculo. Hace ya tiempo que nos dejamos atrapar por las redes mágicas, hilvanadas a través de notas musicales, del teatro de Sondheim. Y Mario Gas nos viene regalando adaptaciones modélicas de obras de grandes autores desde hace algunas décadas. Aún estábamos embriagados nadando en la piscina que delimitaba el decorado de Un frágil equilibiri, de Edward Albee, en el Lliure barcelonés, cuando escasos meses después, en febrero del año presente, Gas nos hizo el mayor regalo que un enamorado del arte teatral pueda recibir. Este Follies que provoca un delirio amoroso y febril allí por donde pasa, sin distinguir entre profesionales o espectadores (o espectadores profesionales). Nadie se salva de una caída segura ante este hechizo disfrazado de obra de teatro musical que ha hermanado la sala principal del Español con el Marquis Theatre de Nueva York, donde también se representó hasta hace unos meses, bajando definitivamente el telón cuando llegó el actual revival de Evita. O lo que es lo mismo, convirtiendo en hermanas las plazas de Santa Ana y nuestra queridísima Times Square.

Sorprendente y admirable nos parece cómo Mario Gas sigue aportando y potenciando su sabiduría teatral, fusionándola con las diversas sensibilidades artísticas de los autores de las obras que elije para sus montajes. Rafael Alberti, Oscar Wilde, William Shakespeare, Valle Inclán, Eurípides, Josep Maria Benet i Jornet, Tony Kushner, Tennesse Williams, Frank Wedeking, Eugene O’Neill, Jean Genet, Bertolt Brecht, Arthur Miller, Neil LaBute… y Stephen Sondheim. Hay una química especial entre nuestro director escénico y el maestro compositor y letrista estadounidense, como así revelan las cuatro ocasiones en que Gas ha traducido sus emociones, y de paso reflejado las nuestras, a través de un trabajo de Sondheim.

Corría el año 1993, a finales de julio, cuando se estrenó Érase una vez en Roma… o Roma Cittá Golfa, adaptación que Gas realizó para el Festival de Teatro Clásico de Mérida del musical, originalmente titulado A Funny Thing Happened on the Way to the Forum (1962), quizá más conocido por estos lares como Golfus de Roma, versión cinematográfica que dirigió Richard Lester en 1966, interpretada ni más ni menos que por Zero Mostel, Michael Crawford y Buster Keaton, entre otros ilustres actores. Javier Gurruchaga encabezó el reparto autóctono, acompañado por Josep Maria Pou, Vicky Peña (cuatro de cuatro, pleno total del tándemGas/Sondheim), Gabino Diego, Felix Rotaeta, Mónica López y Pep Molina, y por otros nombres recurrentes y recientes, asiduos en los montajes de Gas. Con libreto de Burt Shevelove y Larry Gelbart el musical nos traslada a un día de primavera, doscientos años antes de Cristo. Una calle de Roma, donde situamos los hogares de Lycus, regente de varios burdeles; Senex, un lascivo patricio y Erronius, un atolondrado anciano. La trama nos muestra los esfuerzos de Pseudolus, un esclavo que luchará por ganar su libertad a cambio de solucionar la vida amorosa de su joven amo, con sus consecuentes enredos y complicaciones. En palabras de Mario Gas en el momento del estreno, el musical “…aborda con humor las paradojas de ayer, de hoy y de siempre, es francamente divertido no sólo el espectáculo, si no el hecho de utilizar las sacras piedras de Mérida para hacer este Plauto, pasado por Sondheim, en ese venerable lugar…”. Seguro que fue un espectáculo digno de ver, sin duda. Lástima que a la temprana edad que teníamos entonces, nuestros medios y criterio cultural no fueran algo más capaces, desarrollados y experimentados para poder disfrutar de la pieza. Más adelante vendrían Sweeney Todd (1995 y 2009)y A Little Night Music (2000), piezas que sin duda han marcado un antes y un después en nuestra vida teatral y en nuestra manera de comprender y entender el género musical.